Los datos del Registro Único de Víctimas (RUV) a abril de 2026 consolidan un acumulado histórico de 9.115.103 personas afectadas por el desplazamiento forzado desde 1985. Aunque las estadísticas estatales mostraron una reducción de este fenómeno entre 2013 y 2017, las dinámicas de confrontación rural entraron en un nuevo ciclo de incremento. El informe anual de Human Rights Watch (HRW) detalla que la violencia forzó la salida de sus hogares de 64.000 personas solo en la región del Catatumbo debido a incursiones del Ejército de Liberación Nacional (ELN), sumándose a las mediciones de la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), que reportó 79.500 víctimas de desplazamientos masivos en los primeros ocho meses del año previo.
Frente a este escenario de movilidad forzada y confinamiento, que según la OCHA mantuvo bloqueadas a 137.000 personas en sus veredas por disputas armadas, la propuesta de gobierno de Valencia se desmarca de las mesas de diálogo y se enfoca en la recuperación operativa del territorio. La estrategia se soporta en el “Plan 30-30”, concebido para incorporar 30.000 nuevos militares y 30.000 policías al pie de fuerza nacional, respaldado por una adición presupuestal de 20 billones de pesos en el sector defensa.
Durante su ejercicio en el Senado, Valencia centró sus debates de control político en la afectación de la seguridad en el suroccidente del país, argumentando que los ceses al fuego debilitaban la presencia del Estado. Su programa traslada esta postura a la militarización inmediata de las vías y el uso de tecnologías de ciberinteligencia para disolver los cercos que los grupos armados imponen a las poblaciones rurales.