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Opinión

Crisis en la frontera Colombia-Ecuador: ¿estrategia de EEUU para intervenir?

Marzo 29-2026

Por Michael Saportas Peláez
Periodista 

En la frontera entre Colombia y Ecuador convergen intereses estratégicos, económicos y delictivos perseguidos por múltiples actores, entre los que se destaca la presencia cada vez más visible de agentes estadounidenses.  

Una bomba de fabricación gringa sin estallar lanzada desde Ecuador a territorio colombiano desató una crisis diplomática no vista desde aquella vez en 2008 en que el gobierno de Uribe autorizó transgredir la frontera para asesinar a Raúl Reyes, uno de los máximos cabecillas de las extintas FARC. En esta trama, la realidad supera la ficción y, lo que pareciera una representación simbólica, es el mejor ejemplo de lo sucedido en la frontera desde hace décadas; la disputa entre grupos armados por el control de las rutas del narcotráfico, contrabando, militarización, desplazamiento forzado, abandono estatal y los intereses geoestratégicos de Estados Unidos en la región. 

El gobierno de Donald Trump pretende revivir los tiempos del Plan Colombia. Este proyecto fue consensuado en el Congreso estadounidense en la década de los 2000 con el objetivo de reforzar la presencia militar de ese país en Colombia. Su implementación tuvo un costo de USD 1,300,000, destinados al fortalecimiento de las capacidades logísticas de las fuerzas armadas colombianas y la instalación de bases extranjeras en puntos clave como la frontera con Ecuador. Lejos de acabar con la violencia, esta alianza macabra entre agentes extranjeros, paramilitares y gobierno dejó decenas de muertos y desplazados en esa zona del país donde hoy ha vuelto a intensificarse la guerra. 

El denominado Plan Colombia fue denunciado en su momento por organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional ante el riesgo de escalar el conflicto. Una declaración pública de la organización con fecha del 21 de julio del 2000 titulado “La postura de Amnistía Internacional respecto al Plan Colombia” documenta lo siguiente:

 “Amnistía Internacional se opone al programa de ayuda militar para Colombia porque la organización cree que hará escalar el conflicto armado y la crisis de derechos humanos. La organización ha documentado de forma abrumadora la responsabilidad de las organizaciones paramilitares ilegales en violaciones de derechos humanos generalizadas, sistemáticas y sumamente graves. También existen pruebas concluyentes de que los grupos paramilitares continúan operando con el apoyo tácito o activo de las fuerzas armadas colombianas. Existen también pruebas de que personal militar colombiano entrenado por fuerzas especiales estadounidenses ha estado implicado —por acto u omisión— en violaciones graves de los derechos humanos, incluidas masacres de civiles. Según los informes, el equipo militar proporcionado por Estados Unidos a las fuerzas armadas colombianas se ha usado para cometer violaciones de derechos humanos contra los civiles”.

Las advertencias no fueron tenidas en cuenta. Eventualmente sucedió lo que se temía y Estados Unidos terminó usando el Plan como excusa para eliminar todo rastro de oposición a sus políticas imperialistas en la región, en colaboración con el gobierno de Álvaro Uribe, y en complicidad con los grupos paramilitares, disfrazándolo de “lucha contra el narcotráfico” para perseguir a líderes sociales y desplazar a comunidades campesinas enteras de zonas estratégicas y ricas en recursos como la frontera colombo ecuatoriana. 

Así fue como el vecino del norte convirtió las regiones de Nariño y Putumayo en un centro de operaciones a cargo de empresas privadas dedicadas a la extracción de petróleo, comercialización de equipos militares, mantenimiento de aeronaves, labores de inteligencia, y fumigación de cultivos ilícitos. Empresas como Monsanto, cuyo propietario es la multinacional alemana Bayer AG, y DynCorp, contratista estadounidense, hicieron contratos multimillonarios con la venta y aspersión de glifosato, herbicida utilizado para la erradicación de hoja de coca, y altamente cancerígeno, según estudios de la OMS. 

Hoy las dinámicas del conflicto en la frontera colombo-ecuatoriana siguen siendo las mismas, pero con la participación de nuevas bandas criminales de un lado y otro.  Según el portal investigativo Insight Crime, esta es una de las regiones del mundo más importantes para la producción y exportación de droga a nivel mundial, pues ahí se encuentran los campos de hoja de coca más productivos del continente y fácil acceso a las regiones de Esmeraldas, Carchi y Sucumbíos, desde donde se despachan lanchas y barcos pesqueros con dirección a América del Norte, Europa y otros lugares. Como hace veinte años el narcotráfico, el contrabando y la minería ilegal siguen siendo el centro de la disputa en esta zona, donde la pobreza y la desigualdad siguen contribuyendo a la guerra. 

Desde Estados Unidos presionan al presidente de Ecuador, Daniel Noboa, para que permita la presencia de bases extranjeras en su país, llevándolo incluso a perjudicar las relaciones diplomáticas con Colombia. Lo de la bomba no ha sido para nada una casualidad y deja en evidencia la necesidad del gobierno estadounidense de recuperar su influencia geopolítica y sus intereses económicos en esta parte del mapa con la vieja excusa de la “lucha antidrogas”, que ya le sirvió para intervenir en Venezuela. 

Los ecuatorianos ya firmaron el No en el plebiscito del año pasado sobre la instalación de bases militares estadounidenses en su territorio. Sin embargo, su Presidente se esfuerza en cometer el mismo error que nos costó a los colombianos tantos muertos inocentes a principios del siglo. Tampoco le importa debilitar las relaciones diplomáticas con Colombia, uno de sus principales socios comerciales y sin el cual podría afectar seriamente la economía en su país. Entonces, ¿Para quién gobierna?