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Reseñas literarias

La insolencia de estar triste: excesos, duelo y resistencia en la primera novela de Juan Fernando Aguilar

Septiembre 18 – 2025

Por Mariela Ibarra Piedrahita

“Claudia se murió… saltó de un décimo piso”.

Cuando Juan Fernando Aguilar recibió la noticia ya había escrito que María Clara, un personaje de su primera novela La insolencia de estar triste, se suicidaba de la misma manera.  No fue entonces la muerte de su amiga lo que detonó la trama de la novela, sino la raíz de una sensación con la que su protagonista, Galeano, tendría que lidiar a lo largo de la misma.

Claudia era una mujer cercana a los cincuenta años, a quien Aguilar había conocido en Cali en un trabajo que detestó y compartieron en 2015. Cuando supo de su muerte en 2019, él estaba en Buenos Aires y ya había terminado el primer borrador de la novela. Caminó la ciudad tratando de ordenar la avalancha de emociones que lo atravesaban: la culpa por no haber podido ayudarla, la tristeza de perderla y, sobre todo, la sensación de agresión, como si con su decisión ella lo hubiese lastimado directamente.

Juan Fernando Aguilar (Cali, 1992) es psicólogo y escritor. Desde que a los diez años se encontró con El Conde de Montecristo, supo que la literatura sería un destino inevitable. Ha sido finalista en premios como La Cueva y el Jorge Gaitán Durán, y sus cuentos y poemas han recorrido revistas de Colombia, Argentina, Uruguay, Venezuela y España. Lidera actualmente el proyecto multimedia Literatura para todos, que acerca a los lectores a autores como Borges, Woolf o Dostoievski mediante reseñas literarias.

Ese eco de duelo y fractura vital es el núcleo de la novela. Galeano pierde a su hija, María Clara, y con ella todo lo que sostenía su vida: a su esposa Irene, que se derrumba en el alcoholismo; a su trabajo como profesor de filosofía, que le daba sentido; a la idea misma de futuro. Desde allí surge la pregunta que lo acompaña en cada página: ¿vale la pena vivir?

Sin embargo, La insolencia de estar triste no es un alegato moral contra el suicidio ni un tratado filosófico. Es más bien un retrato narrativo de lo que ocurre cuando la vida se parte de manera definitiva y todo lo sólido se desvanece. En ese vacío, Galeano se entrega al juego, al alcohol y a los excesos, que funcionan como una forma de suicidio lento. Como recordaba Freud en El malestar en la cultura: “Quien ve frustrada su aspiración a la dicha… aún puede hallar consuelo en la intoxicación crónica”. Galeano lo lleva al límite, incluso poniéndose en riesgo con un paramilitar venido a menos, a quien le debe dinero y enfrenta sin temor porque, en últimas, nada tiene ya que perder.

El giro aparece con Luisa, una mesera joven que le recuerda a su hija. Lo que empieza como un reflejo de sustitución se convierte en otra cosa: una relación no romántica ni platónica, sino humana. Galeano aprende a mirar a Luisa no como a la hija perdida, sino como a una persona con voz y vida propia. Y en esa diferencia radica su transformación: por primera vez desde el suicidio de María Clara logra sentir empatía, salir de su encierro en el dolor, abrirse a otro.

Aunque la novela transcurre en Cali, no es una apología de la ciudad. Si mucho, se deja sentir en ella un imperativo muy caleño: el de la alegría, el ruido, la fiesta que intenta tapar las grietas de la tristeza. Pero el autor evita la postal fácil: Cali aparece como un telón de fondo donde se agudiza esa tensión entre euforia y vacío, una ciudad donde la felicidad a veces se grita para que no se escuche el silencio interior.

La insolencia de estar triste no busca redimir ni condenar a sus protagonistas, mucho menos dar lecciones. Su fuerza está en mostrar la fragilidad de lo humano cuando la vida se rompe, en aceptar que el duelo, la culpa y la tristeza pueden ser tan persistentes como el ruido de una ciudad que celebra incluso en medio del dolor. Y en esa contradicción, Juan Fernando Aguilar construye una novela que incomoda: porque nos habla de la imposibilidad de escapar del exceso y de la necesidad de encontrar, en medio de tanto estruendo, un modo íntimo de seguir vivos.