Septiembre 2 – 2026
Por Laura Carolina Cruz
El problema con las distopías es que, muchas veces, terminan encontrando eco en la realidad. Los Estados acaban pareciéndose, en mayor o menor medida, a los escenarios que alguna vez imaginaron los libros. Para algunos, el giro político que hoy atraviesa América Latina, y en particular Colombia, enfrenta hoy esas advertencias.
En 1984, George Orwell imaginó un Estado que ejercía el poder no solo mediante la vigilancia, sino también a través del lenguaje. La neolengua reducía progresivamente el número de palabras disponibles hasta limitar la capacidad misma de pensar ciertas ideas. Al mismo tiempo, ministerios con nombres paradójicos —como el Ministerio de la Paz, encargado de la guerra, o el Ministerio de la Verdad, dedicado a reescribir la historia— mostraban cómo el lenguaje podía convertirse en un instrumento de poder.
La realidad colombiana plantea una pregunta distinta, pero inevitablemente atravesada por esa intuición de Orwell: ¿qué ocurre cuando una palabra desaparece del lenguaje del Estado y por ende del escenario público?
Hoy, la palabra paz desaparece del discurso oficial y de la arquitectura institucional. En su lugar aparecen expresiones como “Firmes con la Patria”, “Patria Milagro” o “seguridad”, que comienzan a ocupar el centro del relato del nuevo gobierno.
No se trata únicamente de un cambio semántico, sino de una disputa por el fin de un conflicto. Porque lo que no se nombra no existe y quien nombra, delimita; y quien delimita, en cierta medida, gobierna.
Entre esas decisiones de gobernar la Consejería para la Implementación del Acuerdo de Paz no va más es reemplazada por una Consejería de Seguridad, este cambio simboliza una nueva manera de entender las prioridades del Estado y la forma de enfrentar un conflicto armado que, a pocos meses de cumplirse diez años de la firma del Acuerdo de Paz, sigue lejos de resolverse.
Si las distopías suelen encontrar eco en la realidad, las utopías tienen el problema contrario: rara vez se cumplen. Quizá por eso el Acuerdo de Paz ha transitado durante casi una década entre avances concretos y promesas pendientes. Diferentes organizaciones que hacen seguimiento a su implementación coinciden en que: existen logros importantes, pero la ejecución sigue siendo parcial. Mientras la reincorporación, la justicia transicional y la participación política muestran avances, la Reforma Rural Integral, las garantías de seguridad y la presencia efectiva del Estado en los territorios continúan siendo las grandes deudas.
La seguridad, precisamente, sigue siendo el principal desafío. Solo durante los primeros meses de 2026, más de 54.000 personas fueron víctimas de desplazamientos y por causa de la violencia, según la Defensoría del Pueblo. A ello se suman los asesinatos de líderes sociales y firmantes del Acuerdo, así como las dificultades para consolidar la presencia del Estado en algunas regiones del país.
La conclusión entre las organizaciones es que: el Acuerdo de Paz ha producido avances significativos, pero su consolidación dependerá de la continuidad de su implementación, de la voluntad política y de la capacidad del Estado para responder a las necesidades de los territorios más afectados por el conflicto.
En ese contexto, el nuevo gobierno plantea un cambio de narrativa. Mientras la administración de Gustavo Petro hizo de la negociación con los grupos armados y de la Paz Total el eje de su política, también estuvo marcado por una visión de transformación que para algunos sectores rozó la utopía. La nueva apuesta prioriza la seguridad y el control territorial. Más allá de las comparaciones literarias, el debate de fondo enfrenta dos modelos de país: uno que privilegia la negociación como herramienta para transformar el conflicto y otro que confía en la seguridad impuesta por la fuerza como principal mecanismo para enfrentarlo.
Si el gobierno de De la Espriella ha sido comparado por algunos sectores con la lógica de 1984, la obra de George Orwell, por el papel central de la seguridad, el control y el discurso del orden, el gobierno de Petro, para sus críticos, se asemeja más a Rebelión en la granja, del mismo autor, una historia que muestra cómo las promesas de transformación pueden enfrentar contradicciones cuando llegan al poder.
La pregunta, entonces, no es solo cuál de estos modelos será más efectivo. La verdadera incógnita es qué consecuencias tendrá ese cambio de enfoque para la implementación del Acuerdo de Paz, los derechos humanos y las comunidades que aún esperan una presencia integral del Estado.