Agosto 20 – 2026
Por Michael Saportas Peláez
Periodista
Un niño pereirano nos dio a todos los colombianos la mejor lección de humanidad en medio de la catástrofe por el terremoto que azotó al suroccidente del país el pasado 10 de agosto.
Mientras algunos manchaban de ideología la emergencia, una mayoría de ciudadanos salió a las calles armados más que todo de valor para sacar de entre los escombros a sus compatriotas y familiares; un niño pereirano, en medio de su dolor, le dijo a un periodista argentino frente a las cámaras que no iba a dejar solo a su país. “¿Por qué saliste a hacer todo esto?” su respuesta: “porque yo no voy a dejar solo a mi país, ningún colombiano puede dejar solo a su país”.
Sus palabras nos recuerdan que la solidaridad es el bien supremo de nuestro país, sobre todo en estos tiempos egoístas donde reina el individualismo, donde los gobiernos totalitarios hablan de destripar al otro, donde se lanzan picos y se saluda a la cámara antes de anunciar una tragedia, donde se exterminan pueblos en nombre de la libertad, y al migrante se le trata de cualquier manera menos como a un ser humano.
La solidaridad, representada en este niño y en los miles de ciudadanos que se han sumado, demuestra que nuestra democracia es activa, disconforme y sensible. Eso ha quedado demostrado en cada donación, en cada almuerzo empacado con amor, en las horas intensas de búsqueda junto a las víctimas. Toda una gesta comunitaria que surgió mientras los nuevos inquilinos de la Casa de Nariño en cabeza del presidente De La Espriella contaban a dedo de qué países no se iban a recibir ayudas. Y la gente respondiendo levantando escombros con sus propias manos, poniendo plata de sus bolsillos, pues no ha habido tiempo qué perder.
Una democracia sin solidaridad es como la Estatua de la Libertad, rígida e inútil. Hoy, Estados Unidos, que se erigió como nación bajo los principios de la libertad, atenta contra sus propios ciudadanos. Se ha convertido en el país del sálvese quién pueda.
En cambio, los colombianos hemos sido un pueblo con un fuerte arraigo campesino y comunitario. Ni Laureano Gómez pudo borrar del mapa los valores de fraternidad de nuestra Colombia profunda. Mucho menos lo harán sus herederos que ahora se sienten más poderosos que nunca junto a su tigre de papel.
Al final, como decía el maestro Ernesto Sabato, solo nos salvarán nuestros propios afectos. Por estos días lluviosos recorriendo las calles de mi Cali recordé una estrofa de una canción de Mercedes Sosa:
Y uniré las puntas de un mismo lazo;
y me iré tranquila, me iré despacio.
Y te daré todo, y me darás algo…
algo que me alivie un poco más.
No queda más que seguir adelante.