Cuando Tomasa dice que no perdona, no es porque no tenga fuerzas para perdonar, todo lo contrario, tiene la fuerza para decir que no lo quiere hacer, que no lo va hacer porque en su cabeza hay recuerdos que se siguen repitiendo, como si de la guerra hubiera armado una trinchera.
“Me acuerdo una vez que estábamos sacando miel. Para hacerlo, se tiende una carpa y se maneja humo; esto fue cerca de una base del ejército y, al momento, un avión pasó volando encima de la carpa. ¡Dios mío! Éramos como siete personas metidas ahí y yo dije: «nos van a bombardear». Salimos y sacamos trapos blancos; al final se quitaron y nos dejaron quietos, se fueron” dice Tomasa.
Por ese entonces la guerra era como un rumor, como un fantasma, sin embargo, pronto comenzó a escalar y empezaron las extorsiones. Tomasa cuenta que tenía un ganado y que se lo llevaron, pero no dice quién. Hay que hurgar y preguntar para saber que fue la guerrilla. “Fui a la casa del hombre que se llevó las vacas, un tipo conocido por cobrar extorsiones y asesinar jóvenes. Lo enfrenté directamente y le advertí que si el ganado no aparecía, uno de los dos tenía que morir, y el que quedara vivo se quedaría con las reses”.
Para devolverle las reses le exigían a cambio 500 mil pesos. Ella respondió que solo tenía 200.000 “100 para Geraldine y 100 para mis gastos”, y les dijo con la fuerza que la caracteriza “¿por qué debo financiar la guerra con el dinero que me gano quemándome las manos y la cara, para darle de comer a mi hija?” Todavía hoy, Tomasa se pregunta por qué la dejaron ir viva y con su ganado. Yo que no puedo dejar de verla como a una abeja reina, pienso que aquello simplemente era inevitable porque está signada a una vida longeva sin abandonar su colmena. Lo que sigue me confirma que Tomasa es la única abeja del mundo que puede picar más de una vez y seguir viva.
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Tomasa, con un tono firme, como si mirara a alguien que yo no logro ver cuando habla de aquel recuerdo que ha se ha vuelto una foto en la cabeza dice “las abejas para defenderse se matan. Una abeja se defiende picándote; después de picarte, no dura ni un minuto y se muere”.
“Han pasado más de veinte, veinticinco años, y todavía esa imagen está clarita en mi cabeza. Cuando me preguntan qué fue lo que más me afectó de la guerra, siempre recuerdo eso”.
—¿Se refiere a la que usted califica como la noche más larga de su vida?
Tomasa es una mujer que habla fluidamente; sin embargo, en este momento necesita detener sus palabras porque teme que el recuerdo la pueda atravesar.
“Puntualmente, la noche en que volaron la finca de acá al frente. Volaron la finca de acá al frente y una torre allá atrás —una torre de alta tensión—. Me acuerdo que yo estaba dormida y, cuando me desperté, estaba en el aire: la bomba me suspendió de la cama. Eso fue horrible; fue, para mí, el peor momento”.
Otro momento que marcó mucho la guerra fue cuando una madrugada fueron los vecinos a buscar a Tomasa porque habían asesinado a los padres de una compañerita de Giraldine, una niña de cinco años.
—Señora Tomasa, cuénteme de ese período en que tuvo que enviar a su hija a Bogotá, ¿cómo fue esa época para usted?
“Ver a esa niña arrodillada al lado de sus papás muertos. Me pareció horrible y enseguida pensé: «esta mañana puede ser Geraldine”.
No sólo Tomasa y su familia empezaban a sentir que los próximos podían ser ellos, porque en los 90, Bolívar sufría los embates de una guerra que no les pertenecía.
El Carmen de Bolívar, en los Montes de María, fue uno de los municipios más golpeados por la violencia desde finales de los años 80 hasta principios de los 2000. Esta región, con fuerte tradición campesina, productora de tabaco, yuca, maíz y aguacate, se convirtió en escenario de confrontación entre guerrillas (principalmente las FARC y el ELN), paramilitares y, en menor medida, las fuerzas del Estado.
Las disputas por el control del territorio —clave por su ubicación estratégica entre la Costa Caribe y el interior del país, y también por el cultivo de hoja de coca en algunas zonas — derivó en violencia sistemática contra la población civil.
Después de la masacre de los padres de la compañera de su hija, Tomasa sabía que tenía que proteger a Geraldine, y entonces decidió enviarla para Bogotá a vivir con unos familiares.
Llegó el momento en que ella tenía que salir. Las monjas también se ofrecieron a llevarla a Cartagena. “Recuerdo que nosotras conversábamos mucho, y el mejor momento del diálogo era cuando nos íbamos a acostar. Entonces le dije: ´Geri, tú tienes que irte, mira lo que pasó con Marta Lucía. Las monjas me ofrecieron llevarte a Cartagena, está cerca, o yo voy o tú vienes´.