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Reportajes

Huertas urbanas: lucha contra el hambre desde los barrios

Julio 18 – 2025 

Por Luisa María Vidal 

Para hablar de comida tenemos que hablar de hambre, porque no puede existir la una sin la otra. El hambre es esa sensación de vacío incómodo que se siente en la boca del estómago, es ese fuego que te consume, que te da dolor de cabeza, que cambia tu estado de ánimo, y que te quita la vitalidad, y aunque cada quien lo sacia como puede -si puede-, no siempre lo sacia como quiere. Es más, algunos ni siquiera pueden pensar en saciarla, no necesariamente porque no tengan tiempo o por alguna enfermedad, si no porque no tienen cómo, porque no hay un plato sobre su mesa, o un árbol que de fruto cerca, por la guerra, el difícil acceso a las zonas de producción, las condiciones económicas, las condiciones climáticas, y otras más.

De acuerdo al informe Mundial sobre las crisis alimentarias, presentado por Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCAH) en mayo de este año, la inseguridad alimentaria y la malnutrición infantil a nivel mundial afectó a 295 millones de personas a nivel mundial. Eso es como si cinco veces el total de la población de nuestro país sufriera de de hambre aguda.

Por su parte, este año el Dane publicó los resultados de la prevalencia de la inseguridad alimentaria en el país, y los resultados fueron desalentadores.

“Los resultados de la prevalencia de inseguridad alimentaria moderada o grave a partir de la escala FIES revelan que el indicador se redujo 0,6 puntos porcentuales entre 2023 y 2024 para el total nacional, al pasar de 26,1% a 25,5%. Por su parte, la prevalencia de inseguridad alimentaria grave creció de 4,8% en 2023 a 5,0% en 2024. El análisis por áreas evidencia que, mientras la inseguridad alimentaria moderada o grave cayó 1,7 puntos porcentuales en las cabeceras (al pasar de 24,7% a 23,0%), aumentó 3,0 puntos porcentuales en centros poblados y rural disperso (pasó de 31,2% a 34,2%). Por último, la inseguridad alimentaria grave creció 0,2 puntos porcentuales en las cabeceras y 0,1 puntos porcentuales en centros poblados y rural disperso”.

Pero ¿eso qué quiere decir y cómo nos toca a todos? Significa aunque hubo una leve, leve, leve reducción de la inseguridad alimentaria (0,6% por si se saltó el segmento del informe), las políticas actuales no están funcionando con la fuerza y la rapidez que se requiere, y es que según el Boletín Epidemiológico Semanal, del Instituto Nacional de Salud, de la semana 44 del 2024 (o sea del 27 de octubre al 2 de noviembre), se habían registrado 21 867 casos de desnutrición aguda en niños menores de 5 años. 1 448 más que en el 2023. Siendo la Guajira en los dos años, el departamento con mayor cantidad de casos presentados, y el Valle con 536 casos para el 2024.

Y ahí están solo los casos reportados de manera oficial, y solo los niños menores de 5 años. No se habla de niños mayores de 5 años, ni de adultos, ni de adultos mayores, es decir que esa cifra podría ser mucho más alta y, por lo tanto, el problema mucho más preocupante.

El hambre es tan potente que se ha usado en la guerra, no solo para alentar a quienes en ella combaten, sino para debilitar a los del bando contrario o para debilitar pueblos hasta su extinción, y así mismo han surgido muchas formas de saciarla o intentar saciarla, algunas de ellas ni siquiera podría escribirlas aquí, pero otras más sencillas, más humanas, relacionadas con la caridad, otras con el “ingenio” de volver a lo básico: la siembra.

El hambre: el filo que más corta

El primero de los relatos que conocí sobre el hambre como arma de guerra está en la Biblia, en 2 Reyes 6, la cual relata

“Sin embargo, tiempo después, el rey de Aram reunió a todo su ejército y sitió Samaria. Como consecuencia, hubo mucha hambre en la ciudad. Estuvo sitiada por tanto tiempo que la cabeza de un burro se vendía por ochenta piezas de plata, y trescientos mililitros de estiércol de paloma se vendía por cinco piezas de plata. Cierto día, mientras el rey de Israel caminaba por la muralla de la ciudad, una mujer lo llamó: —¡Mi señor el rey, por favor, ayúdeme! —le dijo. Él le respondió: —Si el SEÑOR no te ayuda, ¿qué puedo hacer yo? No tengo comida en el granero ni vino en la prensa para darte. Pero después el rey le preguntó: —¿Qué te pasa? Ella contestó: —Esta mujer me dijo: “Mira, comámonos a tu hijo hoy y mañana nos comeremos al mío”. Entonces cocinamos a mi hijo y nos lo comimos”.

Y antes de que pensemos que eso ya no pasa, veamos rápidamente una de las guerras en las que el hambre fue declarada como arma de guerra:

Bloqueo de Biafra en Nigeria de 1967, la cual surge porque esta ciudad declara su independencia, por lo que las autoridades nigerianas se negaron a esa secesión, y sitiaron la ciudad, es decir, cerraron sus carreteras y como consecuencia no ingresaban alimentos a esa región, por lo que murieron cerca de un millón de personas. (más info: BBC)

De eso han pasado solo 58 años.

En mayo de este año, la Organización Mundial de la Salud declaró que la vida de 2,1 millones personas en la franja de Gaza se encontraba en riesgo debido a la falta de alimentos porque se estaba reteniendo a propósito la ayuda humanitaria que se envía a esa región.

El objetivo: debilitar a la población, no solo para hacer presión al Gobierno, si no para que no tengan personal para defenderse.

Y si piensa que eso sucede solo por allá, bueno, en el 2021, cuando muchos estaban tratando de sobreponerse a las consecuencias de las exigencias por la pandemia, llega lo que llamaron el “estallido social”, en la que las carreteras fueron cerradas para “hacer presión” al Gobierno para que negociara con los diferentes actores sociales implicados.


Y no vayamos “tan atrás”, cuando se bloquea una vía principal se encarecen los artículos de primera necesidad si la ciudad que se sitia no los produce, y si la que se sitia los produce, pues genera pérdidas económicas significativas en el que usualmente el que primero se quiebra es el pequeño productor. Así que sí, el hambre es uno de los filos que más corta. Y no decimos el que más, porque seguramente habrá razones para argumentar otro.

Sembrar es como ahorrar

El campo es muy noble y se presta para hacer analogías en muchos momentos de la vida; el sembrador prepara la tierra, limpiándola de la maleza, nutriéndola con abonos y, en el tiempo indicado, coloca la semilla que después de algunos días/semanas/meses brotará para luego, esperar y cosechar el fruto del que podrá comer y dar de comer.  En un mundo que prioriza la rapidez sobre la calidad, sembrar en la ciudad y las casas es una idea que requiere empuje.

En Colombia hay muchísimas huertas privadas; unas pequeñas y otras que se extienden por miles de hectáreas. También hay otras tantas de carácter público ¿cuántas? no pudimos encontrar el dato, pero algunas de las que hemos ido conociendo, han surgido con el propósito recuperar espacios que la violencia y las fronteras invisibles les habían arrebatado.


En el norte de Cali desde la pandemia, en el barrio La Villa del Parque, hay una huerta cuidada y cultivada por cinco mujeres, algunos pares de manos voluntarias ocasionales, y con el apoyo de los técnicos de Sembrando Cali. Esta huerta nació como una oportunidad para aprovechar un espacio que estaba siendo ocupado por escombros y basura, y que hoy es una pequeña extensión de tierra da berenjenas, tomates, cebolla, banano, y otras verduras.

Conocimos la huerta en una mañana lluviosa. Nos alistamos para, junto a ellos y ellas (las huerteras, voluntarias, y los técnicos), hacerle mantenimiento a la huerta; limpiar la tierra, abonarla, sembrar, regar, cosechar, y quitarle una que otra plaga. Todo lo tenían muy bien organizado; al llegar hicimos una reunión inicial en la que nos daban las instrucciones de las tareas del día, nos presentamos, nos dieron algunas recomendaciones de seguridad, desayunamos, y manos a la obra.


A los nuevos nos acompañó una huertera ya experimentada. Tuvimos el honor de trabajar con doña Nidia, una mujer con una fuerza increíble a la hora de mover la tierra, y una firmeza para dirigirnos como voluntarios, y eso sí, mucha paciencia.

En esta huerta se lleva un registro de lo que se ha sembrado en cada cama; una especie de matera gigante que se limpia, se abona y se recoge en cada jornada. El propósito es sembrar algo distinto que en la cosecha pasada, porque cada planta toma algo diferente de la tierra. El objetivo es que las posibles plagas de la planta anterior, no afecten a la que se está sembrando.


Mientras removemos la tierra y sembramos, doña Nidia nos cuenta que quieren que la comunidad participe más de la huerta; tienen como propósito invitar a los colegios que están cerca para que los niños puedan aprender allí también.

Labrar es una tarea que por momentos requiere mucha fuerza. Julián, uno de los dos únicos hombres del equipo de trabajo, empieza a cortar un árbol que pone en riesgo la caseta donde guardan las cosas, y le quita sol a las camas. Coge sus botas, un sierra eléctrica, pone la escalera y una a una va cortando las ramas. El espacio se ve despejado, y el sol que -creíamos- se asomaba tímidamente, ahora parece una gran lámpara. Las hojas y algunas de las ramas mas grandes las usan ahí mismo en algo que llaman paca digestora: un arrume organizado de residuos orgánicos con hojas, que después de unos seis meses termina convirtiéndose en tierra, la cual usan para rellenar las camas. Las pacas también contienen residuos orgánicos que algunos vecinos les llevan.


Lo que produce esta tierra en ocasiones lo venden a la gente de la misma comunidad, y lo que alcanzan a recoger de dinero lo usan para comprar más insumos; semillas, herramientas, entre otros. También nos cuentan que le dan al comedor comunitario, y -¿cómo no?- se llevan algo para sus casas.


Ya hemos trabajado cuatro camas, y se va acercando el medio día, y en total son nueve. Todos se reúnen para descansar un momento y tomar el almuerzo. Entre charla y charla se van contando lo que vieron en la tierra durante la jornada. Empieza a llover. Nos resguardamos un rato bajo el techo que ahora deja pasar más luz porque ya no hay ramas que lo impidan, y mientras tanto puedo ver cómo esa pequeña extensión de tierra no solo da fruto, si no espacio y tiempo para diferentes generaciones trabajen por un mismo objetivo.
El la próxima cosecha creo que habrá lechugas y habichuelas. Muchas.

Tierra de todos

Mientras tanto, a unos cuantos barrios de distancia, en la esquina de la cancha del barrio Olaya Herrera hay una huerta que poco a poco se abre paso a nivel social en una zona que anteriormente era usada para actividades de las que no todos podían participar. Esta es cuidada por doña Amparo, una mujer que lidera el comedor comunitario del barrio, con el apoyo de Socorro, una vecina que se levanta muy temprano para regar las plantas y limpiar la tierra.

A esta huerta pudimos llegar después de mucho coordinar con Franci -una madre y vecina a la que describen como muy colaboradora con las actividades del barrio-, pues doña Amparo había estado fuera desde hace varias semanas por una calamidad doméstica, y es ella quien usualmente tiene las llaves de la huerta. Llegamos con el sol en su cenit. Fuimos a buscar las llaves al comedor comunitario para entrar y ver bien cómo se encuentran las plantas. Al entrar vemos que ya varias se han secado, y hay otras que resisten a marchitarse sin dar su fruto, la razón: la ausencia de doña Amparo, y es que es ella quien inició la huerta, y quien siembra y cosecha. Tiene ayuda ocasional de amigos y vecinos, pero es ella quien mayormente gestiona lo que ahí se requiere. 

Es un pequeño espacio donde tienen cerca de ocho camas, en las que actualmente tienen sembrado pimentón, limoncillo, cebolla larga, papaya, piña, sábila, lechuga y una que otra planta aromática. Nos contaron que incluso han tenido papa, yuca, berenjena, cilantro, y tomate. En un rinconcito de esa huerta, las pacas digestoras, aunque no le dicen así, en las que echan los residuos orgánicos que de vez en vez le llevan algunos vecinos, aunque estos -en su mayoría-salen del comedor.

Franci, trabaja en una de las empresas que están cerca a la cancha, y también vive en el sector. Ha liderado y gestionado actividades no solo de carácter ambiental, sino también actividades que promueven la apropiación de los espacios destinados para la comunidad. Nos cuenta que darle continuidad a este tipo de proyectos no es fácil por varias razones, entre ellas, el tiempo que le queda entre ser mamá, trabajar y estudiar, pero que se da sus mañas para que espacios como la huerta no mueran.


Una de las primeras cosechas que tuvieron fueron las berenjenas -que hoy por hoy está a $ 4.500 cada 500 gramos en el mercado-, y fueron tantas que mucha gente llevó, pero no sabían que hacer con ellas, así que les tocó investigar y aprender, y claro, las usaron en el comedor comunitario.


Lo que ahí se produce es usado mayormente en El Amparo de Alegría, un comedor comunitario que sirve no solo al barrio, si no a quien lo necesite. Aunque -según nos contaron- de vez en vez hay familias que se benefician directamente de la huerta.

Y para no echarle tierra

En muchos lugares del mundo, la pandemia evidenció la necesidad de aprovechar las tierras para ser fuentes de suministro de alimentos para la comunidad. En Cali, el estallido social dio paso al nacimiento de algunas huertas en la ciudad, algunos testimonios indican que bajo el Sistema Distrital de Huertas, liderado en ese momento por la alcaldía, y hoy por el Dagma, otros dicen que con el proyecto Ecobarrios, y otros que nace como complemento de los comedores comunitarios.

De acuerdo con información de la alcaldía de Cali, en la ciudad y sus perímetros hay unas 490 huertas que hacen parte de la red de huertas, las cuales nacieron con el objetivo de “generar capacidades de autogestión en las poblaciones vulnerables de Cali y su área rural”; es decir que además de borrar esas fronteras invisibles, las huertas deberían ser fuente de alimentos para la comunidad. Sin embargo, y como muchos proyectos sociales de largo aliento, hoy por hoy algunas de ellas son apoyadas e impulsadas por organizaciones diferentes al Estado, mientras otras tratan de sostenerse con la gestión que adelantan líderes de los barrios, pues a pesar de que la ayuda y acompañamiento de la alcaldía ahora es poca, reconocen que es importante para ellos como comunidad por el suministro de alimentos, y por no dejar a merced del destino el uso de ese suelo.


Pero ¿por qué es tan importante que las ciudades le apuesten a las huertas urbanas y caseras? Bien, porque podrían ser un apoyo significativo para las familias que no llegan a final de mes, porque podrían reducir los desperdicios que se generan por los alimentos que no llegan a algunos barrios y que se quedan en las centrales de abasto, o en los supermercados y en las tiendas, porque muchos residuos orgánicos de las casas pueden ser tratados y usados como abono para las huertas.


Hablar de seguridad alimentaria es también abordar temas como el transporte de los alimentos para asegurar su disponibilidad, es hablar del aprovechamiento de zonas comunes para el beneficio de la comunidad, y que a veces están abandonadas o entregadas a actividades delictivas. Las huertas urbanas representan ese espacio en el que convergen la satisfacción de necesidades como la alimentación, la ocupación del tiempo libre, la gestión de residuos orgánicos, el aprendizaje por servicios y la construcción de comunidad.


Así que si tiene la oportunidad de desarrollar o apoyar una de esas iniciativas -en su barrio cualquier otro-, hágalo, bien sea como voluntario, como comprador de sus productos o facilitándole herramientas o residuos orgánicos, pues al hacerlo no solo motivan a quienes ahí sirven, sino que visibiliza la importancia del aprovechamiento de los espacios, de no dejarlos para que sean sucursales de relleno sanitario, ni para expendio de drogas, además -quien quita- podría ser su próximo suministro en caso de alguna novedad.