Luz Eina: reciclaje y poder femenino

Primera parte

 Luz Eina

Mayo 12 - 2018

Por Christiam Chaparro

Todavía hoy, dos años después, Luz Eina Huila aún recuerda el día en el que un hombre le dijo que las mujeres no podían ocupar cargos importantes. Las palabras perforaron hasta el fondo de su ser. Tan hondo, que desde ese día las frases de aquel individuo terminaron convirtiéndose en un impulso de lo que en la actualidad es su más reciente sueño: la creación de la Asociación de Mujeres Recicladoras Cabezas de Hogar y Recicladores del Centro de Cali (Amure). 

Corría 2016. En la Cali de aquel entonces el mundo del reciclaje era dominado por los hombres. Las únicas voces que repercutían frente a las autoridades de la ciudad eran las masculinas. Los rostros de las mujeres, por su parte, solo se levantaban para acatar las instrucciones de los varones.

La de Luz, pues, vino a ser la primera asociación de mujeres recicladoras que abrió sus puertas en la capital del Valle. Toda una proeza en medio de los borbollones de una cultura anclada a los dictámenes del pensamiento masculino.

"Por aquellos días en Colombia se estaba debatiendo sobre la Ley 1257, la cual legisla a favor de los derechos de las mujeres. Pensé que luego de esto a nosotras las mujeres se nos iban a abrir muchas puertas. No fue así", rememora.

Es jueves. El reloj marca las 9:00 de la mañana. Luz saca de una bodega a Camila, su carreta, alias 'La revolucionaria', con la que recorre la selva de cemento. Varios tenderos del barrio comienzan a abrir las puertas de sus tiendas. En medio de una montaña de escombros, un hombre prende la radio para escuchar las melodías del día.

Lo primero que Luz realiza, antes de salir a reciclar, es observar de manera detenida cada una de las partes del cuerpo de Camila, con el fin de examinar el estado actual de la carreta.

– ¡Ay, los tacones de Camila están dañados! ¡No me sirven!

– ¿Cómo así? ¿Por qué? – pregunta el periodista de manera inocente.

– No ve que Camila no puede caminar bien. Eso es porque sus tacones –señala las ruedas–no están en perfecto estado – responde en medio de una estruendosa carcajada.

Es por este motivo que Luz llama a Carlos Córdoba, el "mecánico" de la cuadra, quien en menos de diez minutos le arregla los tacones a Camila.

– No era nada grave. Solo era cuestión de modificar una pieza, y ya con eso estaba lista – asienta el señor Córdoba.

Luz sigue riéndose con picardía.

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En el 2017, Luz Eina Huila fue galardonada por EMCALI con el premio 'Mujer emprendedora' por su proyecto de apoyo a a las mujeres del centro de Cali

A sus 37 años conoce muy bien las peripecias del oficio de ser recicladora. Esas inmensas manos curtidas, así como ese rostro esculpido en trazos fuertes, son la prueba fehaciente de esos años laboriosos. Y es que en esta profesión –como ella bien lo dice– hay que buscarle la comba al palo para que las cosas sean más amenas.

"Yo empecé a reciclar desde muy pequeña. Mi padrastro, quien también era reciclador, desde niña me montaba en su carreta. Ahí poco a poco fui aprendiendo sobre esto".

Un espíritu libre 

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Luz Eina Huila nació el 24 de diciembre de 1980. A los ocho años decidió empacar en una maleta unas cuantas prendas de vestir para dejar atrás su casa. Luz creció en un caserón de propiedad de Laura*, una de las matronas del centro de Cali, quien la crió como si hubiera sido su primogénita.

"Era una mujer demasiado guerrera, debido a que lideraba procesos sociales a favor de la niñez y las mujeres", comenta Luz, mientras comienza a sacar un par de lazos de cabuya.

"Lo que soy hoy en día se lo debo en gran parte a esta mujer", dice a continuación, "la lucha por la defensa de las mujeres fue el mayor legado que pude heredar de Laura*, porque esta ha sido una pelea que me he propuesto desde hace muchos años".

En la casa, dice Luz, vivían siete niñas, de las cuales cinco eran hijas de Laura*. Con el paso de los días, el gen de la revolución fue calando por cualquier poro de su piel. Ella escondía debajo de la almohada libros que contenían altas dosis de sensibilidad social: 'Cien años de soledad', de Gabriel García Márquez; algunas biografías de Ernesto 'Che' Guevara e, incluso, anotaciones sobre la vida de Carlos Lehder, un narcotraficante colombiano.

"A mí siempre me llamó demasiado la atención el hecho de que Carlos Lehder iba a pagar la deuda externa. No comprendía esas cosas, pero dentro de mi ser decía que lo dejaran hacer esa vaina. No entendía. Era muy pequeña", señala Luz.

Sus ojos, por un momento, se quedan inertes frente a la labor que está realizando. "Nunca utilicé faldas ni jugué con muñecas. Desde pequeña, siempre he tenido la concepción de que soy un espíritu libre".

Estas ideas le generaron a Luz un prontuario de animadversiones y rechazos. Por ejemplo, en su casa llegaron a pensar que a ella le gustaban las mujeres. Algunos de sus allegados no dejaban que Luz se juntara con las mujeres de la familia. El desprecio fue tan insondable, que en algunas ocasiones sus familiares buscaron asistencia médica.

"Mire, fíjese usted, a nosotras las mujeres nos condicionan la vida desde que nacemos. Esa vaina viene desde la casa. Las mamás y las abuelas no contemplan que uno tenga pensamientos diferentes. Yo, por ejemplo, siempre me he sentido un espíritu libre".

Luz se enamoró, por primera vez, a la edad de 14 años. Jhonny tenía 27 años y, como muchos, apeló a su sagacidad para conseguir su objetivo.

"No sé si a eso se le pueda llamar amor...", asevera.

A los nueve meses siguientes tuvo a su primer hijo, Jhon Kevin, quien nació siendo prematuro. Luz Eina tuvo que vivir sus 40 días de dieta entre golpes e insultos. Pesaba 35 kilos. Su vida terminó siendo nada más que un calvario al lado de un hombre que solo aducía a la fuerza bruta para solucionar cualquier inconveniente.

Una noche, cuando Luz tuvo un poco energía para levantarse de la cama y Jhonny estaba en la calle, volvió a empacar en una maleta varias prendas de vestir, pero esta vez con un hijo a cuestas, y una infinidad de sueños. Buenaventura, esa ciudad pluviosa del Pacífico colombiano, terminó siendo su lugar de destino. Allá se ganaba la vida apunta de vender mercancía.

A los tres meses de estar viviendo en este caserío, a través de una carta, a Luz le llegó la noticia de que el padre de su hijo había sido asesinado con varios tiros en el centro de Cali.

"Desde aquel día me prometí que ningún hombre me volvería a poner un dedo encima", puntualizó. 

Espere la segunda parte la próxima semana

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