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Ricardo Silva 3

Diciembre 8 - 2018 

Por Anderson Villalba - @anivillalba

Segunda parte de la entrevista al escritor y columinsta colombiano Ricardo Silva Romero

Anderson Villalba:  No sé qué tan descabellado sea plantearlo, pero parece coexistir una similitud entre la estructura de la novela (un narrador omnipresente que cede la voz a sus personajes pero que controla todas las historias y todos los personajes) y el asunto de la filosofía de la mente que tanto discuten el profesor Pizarro y Flora, su estudiante, sobre la mente global y el "software" que cada uno es. ¿Se trata, en esencia, de la misma idea: de que en la novela, como en la mente global, todos están conectados, todos tiene algo (o alguien) arriba que los vigila y los controla y los narra?

Ricardo Silva Romero: No es nada descabellado. Es así. Es exactamente lo que usted dice y me alegra que sea precisamente su interpretación: que en la novela, como en la mente global, todos los personajes están conectados por algo o por alguien que los vigila y que los narra y que se deja narrar por ellos. La suma de las historias que tenía entre manos me llevó a la filosofía de la mente y a la astrología, y la filosofía de la mente y la astrología me llevaron a la estructura de la narración.

A.V: El hecho que desencadena las historias es la publicación que hace en Facebook el profesor Pizarro y la lapidación a la que lo somete Gabriela Terán. Desde allí, el profesor hace una serie de reflexiones sobre los tiempos mejores sin redes sociales, pero al tiempo se niega a cerrar su cuenta y vigila de cuando en cuando el avance de la pedrea. ¿A dónde quería llegar la novela al respecto, sobre todo porque está escrita desde nuestros tiempos, con WhatsApp, Uber, Instagram, Deezer y Twitter en medio? ¿Ya está la novela de nuestros días escribiendo cómo vivimos ahora o apenas estamos entrando en ello?

R.S.R: Es que nuestros tiempos, que están llenos de muletas tecnológicas, comenzaron hace muchos, muchos años: con las parabólicas y los inalámbricos y los betamax y los computadores. Ya en Juegos de guerra, la película de 1983, había algo semejante a internet. Ya en Graceland, el disco de 1986, está la idea de la cámara que nos sigue a todos y del panóptico en el que vivimos. O sea que la novela y la serie y la película de nuestros días se ha estado escribiendo hace tres décadas. Ya nos hemos dejado modificar por la narración de lo que nos ha estado pasando y hemos narrado con juicio lo que nos ha estado pasando.

Cómo perderlo todo habla de estos días, pero sobre todo los cuenta. Y a la astrología y a la filosofía de la mente y a las religiones les suma las redes sociales para que el pulso entre la individualidad y la muchedumbre sea aún más difícil de lo que ha sido desde que existe –para ello: para dar ese pulso– el género de la novela.

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En abril de 2007 fue elegido por la organización del Hay Festival como uno de los 39 escritores menores de 39 más importantes de Latinoamérica. Tomado de: www.ricardosilvaromero.com

A.V:  No se puede leer esta novela sin reírnos a carcajadas por los diálogos o por las situaciones, a pesar de que muchas veces lo que late detrás es el drama. Y el humor es, por decir lo menos, una de sus marcas de autor. ¿Cómo encara el humor cuando la historia no es precisamente chistosa sin caer en la caricatura o el chiste fácil?

R.S.R: Yo creo que la clave, que no la pienso porque quizás entonces me enredaría, es justamente lo que usted acaba de decir: que el humor debe venir de las situaciones aun cuando no sean evidentemente cómicas, que el humor debe ser una manera de encarar y de decir las cosas, una forma de ser en últimas.

Si no, si no es un talento o si no es una respuesta a los hechos como un instinto, es probable que se parezca más a la sorpresa que al suspenso y es muy probable que falle. Suena tonto, pero es probable que no sea chistoso aquel que trate de ser chistoso, es probable que aquel que trate de ser chistoso sea chistoso para los demás por las razones equivocadas.

A.V: En una entrevista que dio a El Espectador dijo que le hubiera gustado ser cineasta o músico pero que luego cayó en cuenta de que para ambas labores debía salir de la casa. Y tengo la sensación de que le rindió homenaje a esas dos pasiones en todas sus novelas, claro, y hasta en la biografía de Woody Allen, pero sobre todo en Cómo perderlo todo, donde las referencias al cine (Bertolucci, por ejemplo) y a la música (de Paul Simon hasta Alzate) son numerosas...

R.S.R: Quizás esas referencias sean marcas del estilo, quizás sean modos de ser cineasta o músico en el papel, pero tiendo a pensar que las películas y las canciones son realidades con las que cuentan las personas todos los días de sus vidas. Hoy sí que es claro que las series de televisión y las noticias son temas de conversación en las oficinas. Y es evidente en las redes, por ejemplo, que todo el mundo anda por ahí compartiendo lo que ve y lo que oye. Y que lo que ve y lo que oye hace parte de su personalidad. Y bueno: así puede suceder también con los personajes, que se crucen con las noticias, con las películas y con las canciones, y así superen los días largos y sigan adelante.

A.V: ¿Cuál era el plus especial de ubicar estas historias en el 2016, año bisiesto y aciago? ¿Podría pensarse Cómo perderlo todo en otro año o se trata de una elección articulada con las penas de los personajes?

R.S.R: Podría uno escribir una novela sobre cada año, pero esta es, claramente, necesariamente, sobre 2016. Es decir: como en las historias de Navidad, en la que la Navidad es el accidente que les sucede a los personajes, en Cómo perderlo todo a los personajes les sucede el bisiesto 2016, con sus giros y sus traiciones. Es decir, en la trama, en el tejido, se encuentran los hechos de ese año con los protagonistas de las historias de pareja, y así tenía que ser. El plus de 2016 se encuentra en todo lo que nos sucedió a todos y que nos sigue sucediendo: la revisión de la guerra colombiana a partir de los acuerdos de paz, Trump, los nacionalismos revividos y que vivían ocultos tras los discursos progresistas.

A.V: Verónica, personaje de la novela, tiene un affaire con un exministro que hace parte del equipo negociador de La Habana, al igual que ella, en una de las historias más trepidantes del libro. ¿Por qué jugar con los escenarios de la realidad (De la Calle y el general Mora saludan a la abatida Verónica en una escena) y traerlos a la ficción? ¿Es, acaso, un intento por quitarles tanta solemnidad y entender que hay un lado humano, demasiado humano, en cada persona?

R.S.R: Creo que en ese caso funciona la vocación a "certificar el relato": el acuerdo con el lector de que lo que se está contando es la verdad, y la ficción no está mintiendo ni distrayendo, sino dándole forma a la realidad. Creo que los personajes de ficción le hacen muy bien a la realidad. Y que los personajes reales ganan mucho cuando son explicados desde la literatura. Es eso. Sí, se humanizan todos y todos existen gracias a los otros.

Tomado de: Librería Árbol de Libros

 

A.V: En la novela se mencionan ciertos aspectos que usted ha tratado en su labor como columnista: el triunfo mentiroso del No gracias a una campaña sucia, las marchas homofóbicas contra la adopción igualitaria, la victoria increíble de Trump a pesar de sus exabruptos, el machismo y la misoginia rampante de nuestro país, las lapidaciones inclementes bajo el paraguas de las redes sociales y las noticias falsas, etc. En ese sentido, no es difícil sentir que en la voz de muchos personajes está su propia voz y sus propias opiniones. ¿Es Cómo perderlo todo, además de una gran novela, un recordatorio del mundo en que vivimos y del que no puede ser ajena la literatura y la ficción?

R.SR: Sí, en efecto, la ficción y la literatura no tienen por qué temerle a ningún tema, pues sus miradas renuevan, afectan, dan la vuelta a cualquier tema. Y no hay ningún tema que sea superior o inferior al arte. Quiero decir: la literatura puede ser ajena a lo que está pasando ahora y hablar de lo que a su autor le dé la gana, pero no tiene por qué hacerlo, y puede iluminar los debates y parodiar el presente de una manera muy precisa.

Cómo perderlo todo está llena de personajes que piensan cosas que yo también pienso –aunque ninguno piensa exactamente lo que yo pienso–, pero también está llena de personajes, que a mí me fascinan, que piensan cosas que jamás se me pasarían a mí por la cabeza, pero que por cuestiones de la vida conozco muy bien. Eso quizás es lo que más me llama la atención del resultado: que, luego de años y años de columnas a favor de los causas liberales, tuve la oportunidad de seguir con compasión y con cariño a una serie de personajes que defienden de buena fe las hipótesis contrarias, pero que, en el momento en el que un avión esté a punto de caerse, serán idénticos a uno.

A.V:  Por último, ¿cómo pensó Cómo perderlo todo antes de sentarse a escribirla? Puede ser una novela total de nuestros días, pero, en vez de ofrecer panoramas generales y grandes relatos de sociedad, ilustra nuestras nuevas formas de vida y nuestros nuevos ritmos desde historias mínimas, cotidianas. Hay, creo, dos tensiones. La primera entre historia e Historia, como sucede en Historia oficial del amor, donde las historias pequeñas se trastocan unas y otras mientras la Historia (el Acuerdo de Paz, las elecciones en Estados Unidos) con mayúscula determina el curso de los días. Y la segunda tensión es, diríamos, estructural, entre una gran historia que revela nuestra sociedad, pero contada desde lo común, lo ordinario.

R.S.R: Sí, hay una novela: un mundo en pugna con sus personajes, unas historias en pugna con la Historia, mejor. Y yo pensé así justamente: cada personaje, uno por uno, como mentes dentro de una mente global, como un destino dentro de una trama astral, como cotidianidades en una cultura llena de trampas, como individuos dentro de una sociedad que puede usar las redes sociales para masificarse o para comunicarse de una vez por todas.

Me gusta la idea de un mural en el que están nuestros comportamientos de estos tiempos, de una pintura en la que cabe todo un pueblo o un tríptico en el que están los vicios que nos están aquejando, de una serie de aquellas en las que cabe todo o una película de Robert Altman de las que me gustan –como Nashville o como Short Cuts– en las que uno sigue a todos los personajes con el mismo cariño porque en verdad está pendiente de un mundo. Una vez más, ahora, que ya está publicado el libro, todo parece muy claro, pero en el momento de la escritura yo lo que hice fue ir de personaje en personaje con unas ganas muy raras de recrear esas vidas.

 

Lea la primera parte aquí

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