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Entrevista con Alberto Rodríguez

Alberto Rodriguez 2

Noviembre 11 - 2018

Por Laura Cruz

"Escribí tarde, porque de joven no tenía tiempo", también publicó tarde, como si hubiera una fecha establecida. Es rolo, yo pensaría que no tiene signo. Le gusta el ajedrez, toma café en las mañanas por costumbre y por placer. Entre sus libros publicados se encuentran: Cuidado con el amor y Para cuando sepa que haya muerto. Su último libro fue Serenata para la mujer del asesino, con el que ganó el premio de Estímulos 2018 de la Alcaldía Municipal de Santiago de Cali, y se presentó en la Feria del Libro de la ciudad de este año

Estudió medicina como Antón Chéjov, soló que Alberto no terminó, no sólo no terminó, sino que hizo que lo echaran. Viajó todo lo que pudo y aún hoy lo sigue haciendo. Parece que tuviera 30 años, es el Quijote y Sancho Panza a la vez. Es filósofo, docente, director de la Casa de la Lectura, pero quizás Alberto no sea nada de lo anterior, ya que son solo cartones, nombres, cargos, porque Alberto lo que es y será siempre es escritor.

Hechoencali.com ¿Cómo conoce la literatura?

Alberto Rodrìguez: Tuve un papá que me leyó, que me enseñó a leer, luego me dejó su biblioteca. El envenenamiento lo hizo él al darme los recursos. Él es el responsable que me haya convertido en lector, y por supuesto, en escritor. Uno se convierte en escritor por envidia, por querer escribir algo mejor de lo que lee. Ahora hay lectores más vanidosos que queremos reconocimiento, porque lo digamos o no, en el fondo es lo que todos queremos; claro, con el riesgo de que nos caiga mierda.

HEC: ¿Cómo recuerda su infancia?

A.R: Feliz, diría yo. La infancia fue en Bogotá en el colegio Alemán. Luego nos trasladamos a Buga, al llegar a un colegio de provincia hubo un desajuste, como un viaje en el tiempo, porque para 1960 mi familia ya era atípica para la época. Mi padre médico; yo ya había viajado por Suramérica y Estados Unidos, ya tenía intereses lectores, era un niño ratón de biblioteca, pésimo para el fútbol, con un lenguaje distinto, había unas distancias sociales; entonces te puedes imaginar que eso daba cierto perfil extraño para los otros niños.

En el colegio siempre fui un estudiante mediocre, pero tenía claro que no podía perder años, porque para mí el colegio era una prisión, yo decía: "¿qué hago aquí aprendiendo cosas que no necesito?", mientras que lo que si tenía sentido era viajar, la biblioteca, jugar ajedrez. Mi padre sabía que lo que estaba haciendo en la casa: enseñarme a leer y a escribir, era mucho más importante que ir al colegio.

HEC: ¿Si el vínculo con su padre es el de la literatura, qué cosas lo unieron a su madre en la niñez?

A.R: Mi mamá era oral, y siendo muy chicos la costumbre era que todas las noches nos contaba una historia a mi hermana y a mí. Muchos años después, descubro que los que nos contaba eran las historias de Las mil y unas noches, que ella había transformado y ajustado a la versión oral. Alguna vez le pregunté, cómo te sabes estas historias, si yo nunca te vi leyendo, y ella me respondió: "mi mamá me las contaba, yo nunca las leí, la que las leyó fue la abuela", esa forma de narrar a mí me impresionaba.

Lo otro que nos unió en la infancia y durante toda la vida fue el ajedrez, ella me enseñó a jugar, y mientras yo viví en la casa nunca le pude ganar. Tiempo después regreso, y me doy cuenta que mi mamá es vieja, porque le comienzo a ganar en el ajedrez.

HEC: ¿Cómo fueron los años en los que debe asumir ser adulto?

HEC: ¿Cuál es su relación con la literatura?

A.R: Primero de necesidad, no es una opción. Es una adicción, que además tiendo a que prospere. Cuando estaba en los sindicatos yo no podía escribir, porque me parecía un poco pecaminoso, habían tantas cosas crudas en la realidad social que no podía sentarme a escribir cuando pensaba que podía hacer algo para cambiar las cosas, sin embargo, había una necesidad latente que yo había amainado con el periodismo. 

Comienzo a escribir en serio cuando termina el ciclo político. Al principio, es una escritura reclamante, luego me di cuenta que se trataba de escribir, y que tenía que organizar mi vida en función de ello, ¿por qué crees que fui maestro?, porque me daba la mitad del tiempo para escribir. "Usted tiene una amante en la casa", me dice Olga, mi esposa. Yo me encierro todos los días a escribir, no puedo concebir la vida sin eso; sin eso la vida está incompleta.

HEC: ¿En qué momento abandona la escritura de novela por el cuento?

A.R: Tiene que ver con el surgimiento de los talleres de cuento. Yo comencé escribiendo novela, hay cuatro novelas inéditas, pero no creo que tengan el mérito más allá de haberme enseñado. Hay una que tuvo un buen destino, a Mario Mendoza le gustó mucho, se la presentó a Planeta, pero fue rechazada. La relación de la novela es desgastante y uno no sabe cuándo va terminar, acuérdate lo que decía Kafka: "para escribir una novela hay que contratarse la cara".

La metáfora es no poder salir indigne al escribir una novela, eso te cambia todo, y yo tuve esa experiencia, dos, tres años. Nunca lo hacía por publicar, de hecho yo vine a publicar muy tarde, ya viejo; era mi propio aprendizaje, el placer de armar un libro. Yo era lector de cuento antes, no lo había escrito, pero llegan los talleres y en ese momento los pocos cuentos que tenía, era por la recomendación de Gabo: "cuando usted termina una novela no quiere saber de ello, para que no se le enfrié la mano, escriba cuentos".

Yo no vuelvo a escribir novela. En un cuento, por largo, me demoro un mes, trabajando todos los días; en un mes lo edito cinco veces y sé que está casi terminado. Ese no saber de cuándo termina una novela, esa incertidumbre, no me gusta; en cambio, aquí tengo mucho más control y como estoy en el proceso de trabajar en talleres, pues hay más concordancia en eso.

HEC: ¿Cuéntenos de su etapa de docente?

HEC: ¿Cómo surgen las historias de sus cuentos?

A.R: A mí me llegan los cuentos, tengo esa fortuna. Tú me cuentas la historia o todo comienza por una noticia, por una crónica judicial; nunca he tenido que decir que me invento, me doy el lujo de tomarlas y saber qué hacer con ellas, pero el ADN, la trama, siempre me llega, nunca he tenido que forzar cosas, además siento que la vida lo provee todo, la vida es inmensamente rica.

HEC: Maquiavelo se encerraba a escribir, ¿Cuál es su ritual al momento de crear?

A.R: Hemingway escribía de pie, Carver borracho, en un momento pensé que podía escribir fuera de mi nicho, la mesa, los libros, la luz, fuera de ese nicho se siente uno extraño. Descubrí que cuando estoy de viaje, nada justifica no vivir el viaje, imagínate uno en Paris, en Buenos Aires, encerrado; eso me parece irrespetuoso con la vida. Llegué a la conclusión de que yo sólo sé escribir en mi sitio, en el horario, de las diez a las dos de la mañana. A veces pongo música, a veces no puedo, a veces la música me molesta. Café, fumo, por supuesto, solamente por una ansiedad que nunca domé, que se deriva de la escritura. Yo en el resto del día no fumo, y ya no lucho contra eso, camino, me alimento bien, eso me ha permitido conservar ese ciclo vicioso de la escritura.

HEC: ¿Roberto Bolaño decía que porque escribió casi que la palmo, usted cree que la escritura desgasta?

A.R: No es la escritura en sí misma, es la carga de tiempo que le debes dedicar. Cuando Sartre escribió La crítica de la razón dialéctica casi se muere, cuatro años sin comer, sin dormir, jornadas de trabajo hasta de quince horas. Yo trato de no llegar a ese extremo de una necesidad desorganizada de escritura, porque si afecta mi cuerpo no puedo escribir, por más que me encoñe, porque cuando uno se encoña con el texto, esa es la prueba de que ahí hay algo auténtico. Sin embargo, he aprendido a no desmandarme, además porque ahora necesito trabajar, tengo una institución en la que yo hago cosas y eso me ha llevado a regularme un poco.

HEC: Hablemos del cuento Una flor en el ojal. Me atrevería a decir que hay una influencia directa del cine en sus cuentos, uno ve cómo se mezcla la vida en el cine, ¿qué piensa de esta afirmación?

A.R: Hay muchísima influencia, por supuesto. Yo trato de seguir la recomendación de Stephen King: alguien que escribe debe ver cine todos los días. Es una forma de relato que modificó la literatura, todos los elementos de montaje, la plasticidad del tiempo, se la debemos al cine; hay una hermandad, un concubinato muy productivo. El cine me ha ayudado muchísimo a escribir, me ha ayudado a escribir guiones, a tener talleres de guiones. En el caso de La flor en el ojal, había una mima en el Parque Santander en Bogotá, yo iba con regularidad, me daba el septimazo un viernes en la tarde, era muy divertido.

Era una mima y hacia imitación corporal, hablando con alguien me respondió: creo que a esa mujercita la mataron; como que la habían sacado del juego, como en Los actores del conflicto. Lo de la película fue un chispazo muy repentino y dije: le voy a mamar un poco gallo al lector, decirle todo lo que usted leyó es un rodaje; y creo que en una cultura urbana tan violenta, el humor es vital.

HEC: ¿Ha sentido decepción al finalizar un taller de cuento?

A.R: Hay varias clases de personas en los talleres, están las hormigas y los condenados, yo quisiera que todos fueran condenados. En lo personal, sé que una buena parte son husmeadores y que en el fondo no van en el cuento, las deserciones tempranas las atribuyo a eso. Hay otra gente que es muy disciplinada y que tienen el derecho a que se los acompañe durante un año, pero no van hacer cuentistas y están los otros.

Yo tengo claro que el taller es una oportunidad de abrirse para toda clase de gente, las profesiones que han pasado por el taller, desde paracaidistas, pilotos, magos, hasta estudiantes de literatura. Lo entiendo en ese sentido, darte la oportunidad, acompañarte a que tengas la experiencia de inmersión de un año. Me afecta que descubriendo el talento, esas personas no sean mucho más arriesgadas por su pasión de escribir, pero eso va mucho más del taller.

HEC: ¿Partiendo de escritores como Laura Restrepo, Mario Mendoza y Juan Gabriel Vázquez, cómo ve la literatura en Colombia?

A.R: Esa es una pregunta muy genérica, el escritor varia libro a libro. Laura Restrepo viene de una novela que le da el Alfaguara que es Delirio, el tope de ella, en la técnica, en el manejo de los personajes, en la prosa, es el delirio, le merece que un tipo como Saramago diga: me quito el sombrero. Luego viene Pecado, donde recoge su producción de cuentos, ella viene de crónica y novela, el libro es bastante bueno, pero uno no puede hacer un juicio completo sobre un libro de cuentos, porque hay uno magnifico y otro malo, en cambio en una novela das un juicio integral. Siguen Los Divinos que es el desastre, que ha sido tachada como una novela oportunista, inmadura, superficial, no era el momento, se precipitó, yo escribí al respecto una columna terrible.

Con Mario Mendoza me pasa lo mismo, hasta que llega a Buda Blues, y luego cambia el curso de su literatura completamente, lo que vino a presentar aquí, a partir de Colombia Paranormal hay otro curso, otra dirección que no me interesa, aunque es el escritor que más vende en Colombia, el rey de los planes lectores.

Juan Gabriel Vázquez se proyecta como el novelista más sólido que hay en Colombia, el que ha corrido más riesgos, el que ha hecho novelas de mayor complejidad. Lo separo un poco de alguien que para mí, cuenta mucho que es Fernando Vallejo. En la última novela de Juan Gabriel uno ve un deslizamiento exitoso a la autoficción, en el caso de Las Formas de las Ruinas, ahí veo a un escritor que ha ido creciendo desde su primera novela, ha ido adquiriendo muchos más recursos y es estimulante que sea en Colombia, donde no son muchos los que logran llegar al nivel de Juan Gabriel.

HEC: ¿Respecto a cuentistas cómo está Colombia?

A.R: Yo siento que hay un movimiento de cuentistas que no logra llegar al papel, y creo que el grueso de cuentistas, que son los de la era trasmedia y hay cientos, muchos más anónimos, porque lo físico te da algo de notoriedad. En el terreno de lo impreso tiende a ser menor la producción virtual. Hay mucha producción local en talleres y como en muchas ciudades, pero no trasciende, no circula, no abre más mercados editoriales, no potencia a los autores, las editoriales son reacias a publicar cuentos, porque en términos de mercado no es lo mismo que una novela.

No veo al cuentista, Antonio García, está muy cerca, pero tiene mucho más vocación de guionista y novelista. Roberto Rubiano se apagó, que era mi contemporáneo, con el estudiamos en la Universidad, creí que iba hacer el cuentista de la época. Los cuentos de Gamboa son muy accesorios con respecto a su producción de novela. Así como Juan Gabriel y Laura son un hito a la novela, no veo el cuentista como si se estuviera pensando en un género menor, y siempre ha estado esa discusión, porque es mucho más difícil hacer un cuento, que es meter el velero en la botella, que hacer el velero mismo. 

Algunas de sus obras:

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