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Libro Alonso Salazar

Marzo 14 - 2018

Por: Christiam Chaparro / @christiamchapar

"En la guerra se tiene resuelto quién es uno, se está desprendido de la rutina de la vida, se bota adrenalina todo el tiempo, se tiene claro quiénes son los amigos y quiénes los enemigos, la vida tiene sentido, la guerra es una chimba". Esta frase es de Mateo, militante del Ejército Popular de Liberación (EPL), quien en la década de los setenta llegó a Medellín proveniente de Caldas, y quien como muchos jóvenes de aquella época terminaron engrosando las filas de las tropas guerrilleras. 

La vida de Mateo es igual a la de José, Tacho, Jairo, Óscar, Iván, Nacho; también a la de Fidel, Carlos, Vicente, Severo, entre otros, cuyas existencias están narradas en 'No hubo fiesta', escritas por Alonso Salazar.

La más reciente producción periodística de Salazar contiene 12 relatos que muestran el trágico final de aquellos estudiantes que decidieron tomar las armas y de aquellos que las rechazaron y prefirieron gestar procesos de justicia social a partir de la sociedad civil, así como también las innumerables masacres y disputas internas perpetradas por los 'contrarrevolucionarios', conocidos como los paramilitares.

"A casi todos los conocí en el movimiento estudiantil de la Universidad de Antioquia o en el trabajo comunitario barrial, a unos cuantos por ser paisanos y a otros por ser familiares", dice el autor.

Alonso Salazar es conocedor de la sabiduría popular. Es por esta razón que escribió 'No nacimos pa' semilla', una obra demoledora en la que ambientó cómo los jóvenes de los barrios populares eran arrastrados al mundo del sicariato. En 'La parábola de Pablo' retrató cómo el tráfico de drogas permitió que los grandes capos de la mafia manejaran un orden cruel en la sociedad hasta penetrar a las instituciones del Estado.

Ahora, en 'No hubo fiesta' construye una crítica a la lucha armada y a la izquierda en general. A través de sus 351 páginas el escritor cuestiona por qué él y varios compañeros de su época tomaron la decisión de no empuñar las armas y, al mismo tiempo, exhibe las diferentes crueldades que realizaron los movimientos guerrilleros, lo cual deja como premisa que en el proyecto revolucionario no hubo ninguna fiesta.

¿A qué deviene el nombre de 'No hubo fiesta'?

El libro está ambientado en la década de los setenta y ochenta. Por aquella época Jaime Bateman Cayón, comandante del Movimiento 19 de abril (M-19), dijo que "la revolución era una fiesta". No obstante, desde mi perspectiva lo que hubo –y nos quedó– fue una especie de una profunda tragedia nacional. En efecto, lo que fue el sueño de un proyecto revolucionario terminó desembocando –en medio de la lucha armada– en una fuerte oleada de violencia que azotó al país. De ahí deviene el nombre de 'No hubo fiesta'. 

¿Cómo fue el proceso de construcción del libro?

'No hubo fiesta' es un libro que tenía en la cabeza, porque gran parte de mi vida en la universidad pública conocí de fondo las historias de los personajes que narro en esta obra, quienes –en muchos casos– ocupan cargos importantes en las insurgencias y al final de sus vidas mueren de manera trágica. 

En ese orden de ideas, hace dos años comencé a reconstruir lo que tenía en la memoria. Así pues, hubo un momento en el cual tuve que escuchar a otras personas para validar los hechos que tenía guardados en mi mente, además de remitirme a una revisión histórica y bibliográfica con relación a cada uno de los sucesos.
Por último, para que este libro –que tiene un acento crítico sobre las guerrillas en Colombia– no quedara de manera unilateral, también incluí relatos periodísticos que realicé sobre el paramilitarismo y sus crueldades.

En el primer capítulo del libro usted aborda la época universitaria y la lucha armada como método para combatir la injusticia social en la Medellín de su juventud, ¿qué consecuencias trajo para el país la mezcla de estos dos hechos?

Al principio, todos estos hechos se concebían como actos legítimos. En esos tiempos había un aire de influencia por el triunfo de la Revolución cubana, la cual generó que muchos jóvenes –ante un Estado tan represivo como lo fue el de Turbay Ayala– pensaran que la mejor manera de combatir las injusticias sociales era a través de las armas. 

Sin embargo, a estos hechos se le anteponen unas circunstancias –como el narcotráfico y la desmesura de proyectos militares– que llevaron a que no se construyera un camino de ascenso a la lucha revolucionaria, sino más bien un sendero lleno de complejidades con otros hechos de la vida nacional que provocaron que todo se volviera más turbulento.

Por ejemplo, aquellos grupos que fueron a la paz con el gobierno de Belisario Betancur, también fueron a la guerra, debido a que la paz que proponía el entonces jefe de Estado significó para la izquierda armada una vía para afianzar la violencia.

En 'No hubo fiesta' usted esboza la tesis de que varios integrantes de las guerrillas terminaron siendo críticos frente al accionar militar de la insurgencia...

Eso fue permanente. Incluso, desde el nacimiento de varias guerrillas, diferentes intelectuales reconocidos, quienes hacían parte de movimientos revolucionarios como Estanislao Zuleta, Jorge Orlando Melo, Héctor Abad Gómez, entre otros, decían que en un contexto de una apertura –así fuera limitada, como la del Frente Nacional– de una democracia formal la lucha armada no tenía sentido. 

Luego, en Colombia fueron apareciendo unas disidencias que estuvieron ligadas al Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Ejército Popular de Liberación (EPL), quienes comenzaron a hacer muy críticas frente a estas guerrillas por sus enfoques tan limitados, militaristas, campesinistas y por las concepciones tan alejadas que tenían de los problemas del país.

Estos llamados de atención, que realizaron las tropas disidentes, nunca llegaron a los oídos de los altos mandos las organizaciones guerrilleras. Por el contrario, lo que estas reflexiones provocaron fue que se comenzaran a asesinar a los miembros que formaban parte de las disidencias.

En últimas, el hecho que revela el sin sentido de la lucha armada es lo que acontece después de la Constituyente de 1991. En este suceso, al que confluyeron varios grupos de desmovilizados –entre ellos el Bloque del M-19–, consagró muchos aspectos de los cuales se había peleado durante tanto tiempo.

Incluso, Fidel Castro, el líder de Revolución cubana, les dijo a las guerrillas colombianas que no veía muy claro su porvenir después de esta nueva Constitución.

¿Qué papel desarrollaron los intelectuales con relación al conflicto armado colombiano? 

La mayoría de los comandantes de las guerrillas en Colombia han sido campesinos. Basta con mencionar a Fabio Vásquez Castaño. El sacerdote Manuel Pérez que, aunque era español, era un labriego de España. Aunque el M-19 haya tenido una formación de carácter más urbano, la historia ha estado ligada a individuos que tuvieron una tragedia de la violencia de antaño, como la que sufrieron Iván Marino Ospina y Álvaro Fayad. Por su parte, los mandos del EPL, con sus doctrinas maoístas, eran también campesinos. 

En ese orden de ideas, la lectura que se hace es que no se puede citar en la actualidad a un gran intelectual que haya surgido en los movimientos insurgentes. Ni siquiera Jacobo Arenas, miembro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), porque su discurso era demasiado ideologizado: más de proclamas, que de reflexiones reales sobre el país.

Las Farc se desconectaron de la intelectualidad que los apoyaba –sobre todo– en los años noventa, porque ellos consideraban que esta casta de intelectuales y el Partido Comunista Colombiano (PCC) eran inconsecuentes frente al proyecto que tenían de arreciar y llevar a fondo la estrategia de la toma del poder. En efecto, las Farc al quedarse sin vínculos con la intelectualidad y la sociedad civil perdieron el sistema nervioso que les daba mayor sentido de formación y capacidad de entender lo que el país estaba viviendo.

En 'No hubo fiesta' también hay cabida para hablar sobre el paramilitarismo en Colombia, quienes son encasillados en el concepto de "contrarrevolucionarios", ¿por qué?

El paramilitarismo hace parte de esa tragedia, como una respuesta a una permanencia extensa en el tiempo de una guerrilla que ha extremado sus acciones contra diversos sectores de la población civil, incluyendo hasta las comunidades más vulnerables. 

Pero, además, el paramilitarismo en esencia encarnaba su propia tragedia. Es más, ni siquiera el proyecto contrarrevolucionario fracasó porque otras fuerzas lo hayan destruido. Es decir, ni los paramilitares destrozaron a las guerrillas ni las guerrillas acabaron con los paramilitares.

Así pues, el paramilitarismo en esencia se autodestruyó: las disputas internas desde el sector del Magdalena Medio, pasando por la tragedia de la familia Castaño y finalizando con las venganzas que hubo entre las mismas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) –con una gran participación de narcotraficantes–.

En resumen, la historia del paramilitarismo no solo evidencia excesos de crueldades, sino que también –de una manera más rápida– convirtieron la guerra en un botín de enriquecimiento. De esto suelen acusar demasiado a las insurgencias, pero es poco el énfasis que se hace cuando se ponen los ojos sobre el paramilitarismo. Los paras convirtieron la lucha contra la guerrilla en un proceso de expropiación de tierras.

La guerra terminó degradando la vida de todos aquellos que hicieron parte del conflicto armado...

En una guerra tan extensa es muy difícil que se permanezca dentro de unos parámetros de humanidad y de coherencia, debido a que se acumulan tantas cosas que los ideales de transformar una realidad pasan a un segundo plano.

Varios grupos que han hecho parte del conflicto armado confundieron el objetivo con el método, lo cual provocó un camino de perdición. El resultado no fue más que una tragedia que repercutió en todos los bandos. 

Una de las paradojas de la vida es observar que en Colombia la guerrilla aún pervive –si contamos al ELN–, mientras que en otros países de América Latina la izquierda llegó al poder sin lucha armada.

En conclusión, esta es una dicotomía de cincuenta años de lucha guerrillera sin llegar al poder, mientras que por la vía democrática en otros países la izquierda lo logró. 

¿Cuáles fueron esas circunstancias que motivaron a Alonso Salazar para que él tomara la decisión de no empuñar un arma?

Cuando llegué a la universidad pública, que era como el nicho natural para tomar esta decisión, me encontré con personas tanto del ELN como del EPL, quienes ya habían regresado del monte y por lo tanto tenían una posición muy crítica sobre el actuar de las organizaciones guerrilleras. 

Era un contraste entre un país que se estaba urbanizando y desarrollando, mientras que los movimientos insurgentes estaban perdidos en la selva colombiana. Por ejemplo, la estructura del ELN se autodestruía, debido a que Fabio Vásquez, el comandante de aquel entonces, ejecutó a los líderes políticos más importantes de esta organización.

Así pues, la influencia de quienes ya estaban de retorno marcó una decisión importante con relación a los caminos que tomé.

En la actualidad, los diálogos de paz entre el Gobierno Nacional y el ELN se encuentran suspendidos. En ese sentido, ¿qué deben hacer las partes para que dichas negociaciones lleguen a un buen término?

La dificultad que tiene el ELN es que es una insurgencia muy mesiánica y religiosa, lo cual provoca que su panorama sobre la política sea muy miope. En efecto, esta ha sido la guerrilla más incapaz de entender cómo es estar por fuera de un contexto histórico. 

El ELN habla de una resistencia, de una democracia, de un pueblo y de una representatividad que ya no tienen. Ellos solo se representan a sí mismos, y este tendría que ser el paso inicial para que puedan ir de manera seria a una negociación política en la que puedan –una vez desmovilizados– ocupar cargos públicos para presentar sus ideas y, de esta manera, ganar el favor popular.

Entre tanto, desde mi perspectiva el ELN va a seguir –a pesar los impactos mediáticos– con una violencia residual. Los únicos que hicieron de verdad la guerra en Colombia fueron las Farc El ELN nunca se ha tomado ningún comando de policía, ni de Ejércitos y nunca ha derrotado a un batallón, sino que el método de esta guerrilla es el de realizar atentados y dinamitar oleoductos. En últimas, estos hechos no provienen de una guerra, sino más bien de la utilización de métodos de resistencia arcaicos.

Por último, ¿cuál debe ser el camino –en medio de una sociedad tan polarizada– que el pueblo colombiano debe tomar para que sus problemas socio-políticos no se resuelvan apunta de bala?

Esta es una de las tesis que se despliegan del libro: Hay que buscar la forma de restarle legitimidad a todos los que piensen que una causa política se pueda defender a través de las armas. En esto han caído tanto la izquierda como la derecha.  

Colombia necesita un proyecto ético en el cual se invalide el uso de fuerza excesiva proveniente de cualquier bando. Desde luego, esta es una nación que necesita avanzar en mayores procesos de democratización y de equidad. Las polarizaciones políticas –o más bien las contradicciones en la política– son el alimento de la democracia. Lo que está en cuestión en el país es si estas contradicciones políticas terminan yendo a hechos de violencia. No hay que evitar las contradicciones en el escenario político, lo que hay que hacer es evitar las maneras ilícitas y violentas de hacer ejercicio de lo público.

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