Salario mínimo y derechos humanos Parte 2

La incertidumbre de la vejez

Javier Urbano 1

Febrero 1 - 2019

Por Laura Cruz

Alguna vez, en una entrevista, oí que alguien le preguntaba a Mario Vargas Llosa que para qué servía la literatura, él dijo que no lo sabía con certeza, pero que en todas las dictaduras comenzaban a prohibir libros, que eso nos hablaba de la fuerza que tenía. Pienso que no solo fue acertada la frase de Llosa, sino real. La literatura nos habla de lo real, por ejemplo en El Viejo y el Mar, Hemingway describe a Santiago, el viejo, con una camisa de cuadros a la que no le cabía un remiendo más, con pantalones gastados; con una pobreza sobrecogedora, aún para estar escrita y que debería pertenecer solo a los libros, pero cuando se camina por las calles de Cali, cuántos ancianos como el protagonista del Viejo y el Mar no nos encontramos.

Caminando por el barrio El Ingenio de estrato tres de Cali, podría jurar que vi a Santiago, no luchando contra las olas ni un pez gigante, sino luchando con este mar de cemento. Un cemento que pareciera eterno, enfrentando temperaturas de más de 40 grados, con su piel curtida de aguatar; no empujando una balsa, sino un carro de cholados; no enfrentando tiburones, sino el desempleo, y contando y a veces ocultando los años que tiene porque, en un país como Colombia, la vejez no se asemeja con tranquilidad, sino con incertidumbre.

Lleva camisa a cuadros, tiene manos grandes y la piel curtida; una cara no muy amable, se podría decir que de aspecto frío; es reacio y a sus años reaccionario. Habla con fuerza e impotencia de su situación, de no tener empleo, de la pensión que le falta, de los años que se fueron; habla con impotencia, pero no con tristeza, tiene cierto orgullo que supongo le ganó al tiempo.

Javier Urbano Martínez, se parece a Santiago el pescador, en lo obstinado. Hace parte de los 459 mil personas, es decir, el 46 por ciento de la población de Cali que "aprovechan sus capacidades", según el eufemismo del informe de la Cámara de Comercio de Cali, que no les llama trabajadores informales. Son personas que viven del rebusque, que dicen: "Dios aprieta, pero no ahorca", que se resignaron a pagar impuestos en un país que no les provee ni un trabajo, menos pensión, ni siquiera salud subsidiada. El informe también señala que "la población asalariada, por su parte, disminuyó 2,3%".

Gráfico población ocupada

"Yo trabajaba como panadero, pero me echaron. Entonces tuve que salir a buscarme la vida", dice Javier, mientras despacha un cholado. Cholado, una palabra que no se encuentra en el diccionario. Cobra dos mil pesos, pinta el hielo de morado y naranja y parece que el hombre, de 71 años, hiciera magia poniendo color a algo que nunca ha tenido.

Javier apenas pudo terminar el bachillerato y no sabía en ese entonces ni ahora que tiene derechos como al trabajo o la seguridad social para asegurar su vejez, tal cual lo dice en el artículo 23 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

A23

Un viejo problema

Como Javier, el 60 por ciento de las personas de Colombia son mayores de 60 años, siendo el Valle del Cauca el tercer departamento con mayor índice de envejecimiento. Las cifras del último censo realizado por el DANE en el 2018, indican que este departamento tiene un índice de crecimiento de personas mayores de 60 años del 60,28% antecedido por Quindío con 70,43% y Caldas con 69,34%.

El mayor problema de estas personas no es envejecer, sino acceder a un trabajo y a una pensión. Cabe destacar, que aproximadamente la mitad de los trabajadores informales está cotizando para una pensión, según la última encuesta del DANE.

Grafico Pensión

Los trotes de Javier

"Yo vivo en la casa paterna por San Antonio y allí hay que pagar el gas, los servicios, la comida, y me ganó 700 mil más o menos. Tengo que comprarle los materiales al carro, entonces yo pensión no tengo. Me cansé de buscar trabajo, aquí solo hay en construcción y lo contratan a uno solo por un mes, entonces uno queda volando y yo ya no estoy para esos trotes".

Javier Urbano 2

Javier recorre las calles de Cali todos los días, desde la octava con 22 hasta la 80 y sigue caminando por la ciudad, empujando su carro y a pesar de sus 73 años, no le queda grande la labor. No obstante, lo han atropellado tres veces, en las que termina haciendo fila en un hospital y tomando lo de siempre: acetaminofén, dejando los exámenes para luego, es decir, para nunca porque se cansa de pedir autorizaciones.

Quizás los profetas sean los escritores. Ya Gabriel García Márquez había contado en el Coronel no tiene quien le escriba, el futuro que correrían los longevos de nuestro país, esperando una pensión que no llegará. Aunque Cali tiene el programa de Colombia Mayor, los cupos y la cobertura son absurdos y para acceder a ellos los ancianos tienen que hacer filas y trámites, que por su edad, son más difíciles que recorrer una maratón. Otra vez, se les vulnera el derecho a la seguridad social, estipulado en el artículo 22 de la Declaración de los Derechos Humanos, pero que solo se queda en palabras. Podría decirse que en pleno siglo XXI tenemos ancianos que parecen sacados del libro de Gabo, que tal vez concuerdan con la célebre frase del Coronel: "si nos toca comer mierda, pues comemos".

 

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