Madres víctimas de Estado se reunieron en Cali

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Septiembre 19 - 2018

Por Christiam Chaparro / @christiamchapar

Beatriz Méndez

integrante de MAFAPO 

El horror tocó la puerta de la casa de Beatriz Méndez una tarde del 18 de junio de 2004 cuando su hijo, Weimar Armando Méndez, no volvió a aparecer. Tenía 19 años. Vivían en Arborizadora Alta, Ciudad Bolívar. Su mayor sueño: ser un gran arquitecto. 

El desasosiego de Beatriz la llevó a recorrer por tres días comisarías, hospitales y morgues. Nada de noticias. No se tenía ningún rastro de Weimar. La angustia era recalcitrante. Américo Rivera, un reconocido locutor de Radio Uno, quien por ese entonces tenía una gran audiencia entre los barrios populares, aseveró en una emisión de noticias que, en un paraje de Perdomo, en una de las faldas del sur de Bogotá, las autoridades habían hallado los cuerpos sin vida de dos jóvenes "dados de baja en combate por el Ejército".

Beatriz, aclara, que en ese instante el mundo se le vino encima. "Mi hijo fue uno de los primeros casos urbanos que se dieron en Bogotá. Él fue torturado, disfrazado con trapos del Ejército y –al parecer– no le alcanzó la vida para que se lo llevaran y así poderlo legalizar como 'falso positivo'", rememora.

Varias lágrimas comienzan a recorrer sus mejillas. Beatriz lleva sus dos manos hacia la camiseta blanca que tiene puesta, que está acompañada por letras grandes de color negro y una foto a color del rostro de su primogénito. "No puedo creer que a una criatura civil inocente le hayan hecho tanta crueldad. No lo puedo creer...", dice.

La partida de defunción, que narra las causas de la muerte, dice que Weimar recibió varios impactos de fusil, los cuales le destrozaron todo su cuerpo. "Mi alma ya está muerta, aunque mi cuerpo sigue deambulando. Para mí ya no hay Día de la Madre, ni de cumpleaños y mucho menos de Navidad. Estoy muerta en vida", indica. 

Beatriz hace parte de la Fundación Madres de los Falsos Positivos de Soacha y Bogotá (Mafapo), una agrupación que integran 14 mujeres y que desde hace cinco años luchan por obtener verdad, justicia y reparación por los 19 jóvenes que fueron asesinados por los agentes del Estado colombiano, en el marco de la política de la Seguridad Democrática" liderada por el entonces presidente Álvaro Uribe, para presentarlos ante la prensa como "guerrilleros dados de baja en combate" y así demostrar que se le estaba ganando la guerra a la insurgencia. 

A este hecho lo denominaron "Ejecuciones extrajudiciales" y que, según excoroneles de la policía, Ómar Eduardo Rojas y Fabián Leonardo Benavides, en su libro 'Ejecuciones extrajudiciales en Colombia 2002-2010'", afirma que la cifra en el país es de 10.000. 

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Víctimas de los agentes del Estado de Colombia, Brasil y Estados Unidos claman verdad, justicia y reparación. Foto: Christiam Chaparro

María Eugenia Velásquez

víctima de la Masacre de Bojayá

María Eugenia es una afro rolliza, taciturna y con una voz portentosa. Ella es proveniente del municipio de Bellavista, Chocó, un pueblo que conoce muy bien las mordeduras de la guerra. 

A sus 48 años, María Eugenia aún guarda en su retina los sucesos que acontecieron entre el 1 y 2 de mayo del 2002, cuando las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) y las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) libraban una batalla a fuego por tener un control sobre el territorio. El hecho más escabroso ocurrió cuando las Farc lanzaron una pipeta de gas que cayó dentro de la iglesia, provocándole la muerte a 75 personas.

"Ese día nos desplazamos a un pueblo vecino, que está a 10 minutos. Nos tocó irnos con lo que teníamos en el cuerpo y algunos lo hicieron desnudos. En este caserío permanecimos alrededor de cinco días, hasta que llegaron a rescatarnos, para luego permanecer durante tres meses en albergues", recuerda.

A María Eugenia le bailan los ojos. Sus inmensas manos van de lado a lado. Hoy la acompañan dos mujeres que también son víctimas de la Masacre de Bojayá. Ella aclara que las mujeres afros de este municipio han venido trabajando el tema de la resistencia con dos grupos de la población. "Uno es un movimiento de mujeres de Guayacán, el cual fue conformado desde 1997, desde que empezó la violencia más reciente en nuestros territorios. El segundo fue creado hace dos años, que nace de un proceso de Escuelas Socio-Políticas, con el fin de gestar proyectos de lucha para continuar laborando con las mujeres", aclara.

María Eugenia explica que, en medio de los desplazamientos forzados, las que empezaron a forjar procesos de resistencia para regresar a los pueblos fueron las mujeres. "Si nosotras no hubiésemos vuelto, ya los pedacitos de tierra –que heredamos de nuestros abuelos– ya no los hubieran quitado. Nosotras las mujeres somos más verracas que los hombres, porque los primeros que corren son ellos, debido a que los persiguen más. Pero nosotras somos las que nos quedamos, sufrimos y nos toca seguir echando pa' delante", puntualiza.

Débora María da Silva 

fundadora del Movimiento Independiente Madres de Mayo

Débora tiene un inmenso tatuaje en su brazo izquierdo, en donde se vislumbra a un niño elevando una cometa en un grandioso paisaje. 

"El tatuaje hace referencia a uno de los pasatiempos que más le gustaba practicar a mí hijo: Elevar cometas. La imagen se hizo muy popular en Brasil cuando se utilizó para hacer una campaña contra un proyecto de Ley, que buscaba reducir la mayoría de edad para motivos penales", afirma.

Débora alza su mirada y asevera que decidió crear en julio del 2006 el Movimiento Independiente Madres de Mayo, luego de que la policía asesinara a más de 600 jóvenes en el estado de San Pablo, en pleno gobierno democrático, en lo que se denominó popularmente en Brasil como "Crímenes de Mayo".

"Mi hijo fue uno de esos jóvenes asesinados. Se llamaba Edson Rogério Silva dos Santos, un hombre afro, portentoso, de 29 años", atestigua. El asesinato de Edson, aclara, fue producto de una guerra entre la policía militar de Brasil y un grupo del crimen organizado denominado el Primer Comando de la Capital (PCC).

"En retaliaciones por estos enfrentamientos, la policía ingresó a las favelas, ubicadas en las periferias, a matar jóvenes. Ahí fue cuando asesinaron a mi hijo". Débora pide una pausa mientras intenta acomodarse en un asiento. En la calle suenan canciones que hacen alusión al dolor, a la guerra y a la sed justicia para los pueblos que han sido lacerados por el estallido de la pólvora.

"La prensa comercial brasileña hace parte del proyecto del Estado que busca poner a los jóvenes como criminales. Los estigmatiza. Por eso, desde el Movimiento Madres de Mayo hemos democratizado los medios de comunicación ¿Cómo? Haciendo rectificar a aquellas agencias de información que dan datos erróneos", sostiene.

El Movimiento Independiente Madres de Mayo de Brasil acogió –en gran parte– los bastiones gestados por las Madres de la Plaza de Mayo de Argentina, con una característica distinta: Ellas no buscan a sus primogénitos desaparecidos en tiempos de dictadura, sino que claman porque se aclare en la justicia lo que sucedió con los asesinatos de sus hijos.

"Siempre hemos visto semejanzas entre las muertes que ocurrieron en Brasil y las que han sucedido en América Latina. Es la misma máquina que existe para matar gente. Por eso siempre nos ha inquietado conocer las historias de otros países", declara.

El evento: del luto a la lucha

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La Asociación Casa Cultural El Chontaduro organizó el pasado 8 de septiembre diferentes actividades académicas y artísticas en el barrio Marroquín III de la ciudad de Cali, con el fin de conmemorar a las personas asesinadas por los agentes del Estado de Colombia, Brasil y Estados Unidos. 

El evento, denominado 'Del luto a la lucha: El duelo como resistencia', tuvo como objetivo principal reunir a las madres víctimas para conocer las historias de cada una y a su vez crear la Red Global de Madres en Resistencia. Vicenta Moreno, integrante de la Asociación Casa Cultural El Chontaduro, expresó que la situación en la que viven las mujeres madres de Brasil, Argentina, Chile, México, Estados Unidos y Colombia son las mismas.

"Cuando asesinan a un hijo, es como si mataran a una parte de nuestro ser. Por eso, la realidad de cada una ellas traspasan fronteras. Es por esta razón que estamos en este lugar construyendo procesos de resistencia, de justicia y de memoria", indicó.

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