Indígenas en Cali: María recupera su esencia indígena

María

Julio 06-2014

 

Por Diana Muriel

María Huertas, originaria de la comunidad Inga, nació en el Bajo Putumayo. Siempre soñó con estudiar, pero según las tradiciones de su etnia las mujeres no podían hacerlo. Ello sólo era para los hombres y ellas eran consideradas solo para tener hijos. A sus 9 años María sufrió de una enfermedad que para los médicos y especialistas era todo un misterio. Su madre la llevó a varias clínicas de diferentes pueblos de Putumayo pero ninguno le daba razón de qué podía ser ni cómo se podía tratar, ni siquiera los "curanderos" de su etnia podían explicar lo que tenía. A raíz de esto su madre la llevó con una espiritista en cuya casa estuvo internada por cuatro meses, ahí María aprendió sobre medicina tradicional, todo lo relacionada con hierbas. Doña Magola, la espiritista, dice María "me curó la enfermedad"

Después regresó a su casa con el sueño de poder estudiar, le pidió a su mamá que la internara en un convento pues pensaba que las monjas la podían ayudar. Aprendió manualidades y otro tipo de arte como la pintura, pero dos años después, se di cuenta que ahí tampoco iba a hacer realidad su sueño así que decidió escaparse del internado. "Yo siempre pienso, hago y actúo" señala María, caracterizada por ser una mujer independiente. A sus 12 años llegó a un pueblo donde no conocía a nadie y se puso a trabajar en una casa de familia, donde duró dos años "todo lo que ganaba lo iba ahorrando, con el deseo de que algún día iba poder estudiar y salir adelante"

Con lo que tenía ahorrado, decidió seguir viajando en busca de su sueño, hasta que finalmente llegó a Pasto. Ahí a los 16 años tuvo su primera hija. A medida que transcurría el tiempo y por las adversidades que tuvo que pasar María fue perdiendo su identidad como indígena, sus primeros hijos no fueron criados con las tradiciones de la comunidad Inga. En Pasto duró 6 años en donde trabajó como comerciante, vendiendo ropa y calzado de la mano con su esposo, quien años después fue asesinado por la guerrilla y a María no le quedó más remedio que huir junto con sus hijos. "En ese momento, no sabía qué hacer, ni para dónde coger, para mi pueblo no quería volver para que mis hijas tuvieran que pasar por las mismas circunstancias y no pudieran estudiar, lo único que se me ocurrió fue llamar a una familiar que tenía en Cali". afirma María con cara de angustia, recordando ese momento.

Huyó de la violencia y llegó como desplazada a Cali "con lo poco que tenía y me pude traer, llegué al barrio Sucre. No conocía nada de la ciudad" Días después comenzó hacer los trámites para el auxilio que dan a las personas en situación de desplazamiento "pero esto fue una lucha, duré varios meses yendo a la Alcaldía y no me daban respuesta, lo único que me decían era que volviera después. En vista de esto, y que yo ya me estaba quedando sin dinero para sostener a mis hijos, se me ocurrió hacer una carta y mandarla a la Presidencia de la República y así fue como logré que me atendieran, pero igual tuve que esperar".

Al no tener dinero para pagar un arriendo, María no tuvo más remedio que irse con sus hijos a habitar las zonas cercanas al Jarillón del río Cauca, donde vivió por 6 años, "al menos allá no tenía que pagar arriendo, sólo preocuparme por la comida para mis hijos, aunque fue un tiempo muy difícil, habían días que tenía que aguantar hambre, vivíamos alrededor de vacas y cerdos, donde teníamos que soportar ese olor"

María quería retomar su esencia indígena. Buscó más personas de la etnia Inga en Cali, pero no encontró ninguna respuesta. En vista de esto y que su último esposo pertenecía a la Comunidad Nasa, fue adoptada desde hace 3 años por esta comunidad "ahora he podido recuperar parte de mis tradiciones, aunque no es igual pero me siento bien, estoy contenta, y saber que mis hijos podrán tener mejores derechos como indígenas". 

Lo que ha tenido que luchar esta mujer ha sido bastante arduo. Hace poco perdió su último embarazo pues por tener contrato con una empresa, no podía hacer valer su carnet de salud como indígena y le tocó por medio de otra EPS en la que las atenciones no fueron las mejores "desde un principio me dijeron que mi hijo nacería enfermo y que no había probabilidad que viviera. No quisieron interrumpirme el embarazo. Me hacían exámenes y tenía que esperar meses para los resultados, hasta que finalmente esperaron a que naciera y como era de esperarse, murió a los pocos minutos. La verdad nunca entendí por qué tuve que esperar." Por cosas como esa, María valora el ser parte de un cabildo indígena "por situaciones como estas, es que me hace pensar en mis hijos, y saber que como indígena somos mejor atendidos y que ellos también tendrán una mejor educación"

6 años después de llegar a Cali, al fin recibió su casa por parte del Gobierno, en la que vive ahora vive con sus hijos. A sus 43 años, María ahora es voluntaria en una fundación que ayuda a personas afro e indígenas, que así como ella han sido desplazadas. "Y es acá donde he podido hacer parte de realidad mi sueño, he logrado formarme a través de diferentes cursos que me brinda la fundación, aunque no gane nada de dinero, aprendo y ayudo a personas que están pasando por las mismas situaciones que yo tuve que pasar".

 

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